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“El erotismo es lo que en la coincidencia del hombre pone en cuestión del ser” George Bataille La literatura y el erotismo en ocasiones parecen estar relegados a algunos cuantos lectores. Sin embargo, se desconoce que es tan larga su historia y sus narradores que sería imposible y agotador mencionarlo en unas cuantas páginas. Un buen inicio para descubrir al erotismo y la literatura podría resultar hablando de Cristina Peri Rossi, Anne Marie Villefranche, Anaïs Nin y el discutido Georges Bataille,. Para el común de los lectores, les resultaría lógico que empezara a hablar de Sade, pero ¿Quién menciona a Marqués de Sade? El ocioso obsceno que se sienta a resistirse en la cama de noche, o el que se sale de lo previsto para salirse de lo cotidiano. En ‘Justine’, cantaba instantes de brutalidad. La fuerza una y otra vez. Gritos de agonía, agitarse, escurridizos reptiles del tiempo. Veneno, rigidez, frenéticos esfuerzos, lívido del furor. A él se le olvidan voces que nos conduce a la “…guitarra que destilaba su música, el cálido color cobrizo de su piel, la pupila de carboncillo de los ojos, la espesa fronda de sus cejas, la caja color miel los sabores del camino abierto en el que vivía su vida de zíngaro: tomillo, romero, orégano, mejorana y salvia. Derramando en la caja de resonancia el vaivén sensual de su hamaca colgada en la carreta gitana y los sueños nacidos en su colchón de crin negra”. Es aquí en donde se piensa en silencio y el erotismo es más que un canto sonoro, alejado del silencio. Es marca que sucumbe, que viene y va, que recuerda el estado menor de las cosas y es por eso, que está relegada, pisoteada y guardado en el pesado armario de cierta falsedad. La anterior cita se la debemos a Anaïs Nin. Tres mujeres eróticas Cristina Peri Rossi, Anne Marie Villefranche y Anaïs Nin son dueñas de un lenguaje propio. Sus historias suelen ser más habitadas y prolíficas debido a que se muestran las andanzas sensuales de la Ciudad Luz: pasión, fruición y, sobre todo misterio. Las tres han creado un universo erótico que las hace meritorias de cierto reconocimiento y estudio de alguna de sus obras. En “Solitario de amor” de Cristina Peri Rossi, no hallaremos a la mujer arquetípica, que es confundida con la madre, la diosa, sino que encontraremos a la mujer despojada de todo desvanecimiento y perfección. La obsesión de un amante, quien vive y retrata a su amada de manera erótica pero al mismo tiempo mortífero, hasta el punto de no ser, de volverse un ente si el cuerpo que se posa algunas veces ante sus ojos ya no está a la vista, se convertirá en un relato que no permite reparos al ser leída. Rossi muestra a su protagonista, silenciada, que es vista desde adentro y afuera por aquel que disfruta su cuerpo y se pierde en su sexo mientras deja de descubrirse así mismo. Su aliento es su fuente, lentamente se olvida de sí para describir una a una lo que bebe y palpa: “En el extremo del clítoris, como un higo, hay una gota fija, transparente, esfera de miel que intento atrapar con los labios; la bebo pero vuelve a manar. Ahora tu sexo es una fuente de aguas termales. Si paso el dedo, mi yema se calienta, como una fragua. Pero tú no permites que mi boca se separe de él. Allí bebo, allí vivo, allí nazco y muero, allí respiro, sufro, grito, aúllo, allí combato. Hasta que la tensión se vuelve insoportable” Anne Marie Villefranche, novelista francesa que escribió relatos eróticos para su distracción personal, narra en su obra “Misterio de amor” historias que se alejan de eufemismos para describir acontecimientos sexuales. Se centra en la Francia de 1920, en donde lo sombrío, lo oculto de la naturaleza humana, necesitaba ser expuesto sin enmiendas. Para ella Villefranche el amor podía adoptar diversas formas, algunas sumamente misteriosas y todas podían resultar placenteras. Con Anne nos acercamos a las pasiones desgarrantes que nacen de un ser insatisfecho con aquello que debería brindarle un verdadero placer; descubrimos a la dama que se cansa de ser un maniquí social y encuentra en otra mujer la satisfacción que antes se le tenía vetada; el joven quien redescubre en la vagina de una cuarentona, la posibilidad de ver y sentir aquello que no puede idear con su novia adolescente: “Se levantó y fue hacia el armario. Jean-Louis contemplaba con desesperada admiración su larga espalda y su bamboleante trasero y, cuando ella regresó al colchón, sus vibrantes pechos y más abajo la zona de rizos castaños de su entrepierna. Marcelle se arrodilló a su lado, derramó aceite perfumado sobre su pecho y hombros, y lo extendió por la piel con la palma de la mano. Cuando su mano se desplazó hacia el vientre del muchacho, éste suspiró de placer, pero pensó que era mejor obligarse a permanecer callado para no molestarla” Es en el prólogo de “Delta de Venus” escrito por la misma autora: Anaïs Nin, en donde aparece el sentido de sus relatos eróticos y, por qué no, el resultado de aquello que se convierte en Diario, que inician con la puesta en escena de vivencias ajenas y algunas invenciones personales. Una de sus primeras conclusiones fue la distinción de la sensualidad femenina de la masculina, como también es dejar saber que el lenguaje del sexo está aún por inventarse, mientras que el lenguaje de los sentidos tiene que explorarse. Anaïs dice que todo ese descubrimiento se convirtió en un camino hacia la santidad antes que hacia el libertinaje. Le quedó claro que la fuente del poder sexual es la curiosidad y la pasión: “Sin sentimientos, sin invenciones, sin el estado de ánimo apropiado, no hay sorpresas en la cama. El sexo debe mezclarse con lágrimas, risas, palabras, promesas, escenas, celos, envidia, todas las variedades del miedo, viajes al extranjero, caras nuevas, novelas, relatos, sueños, fantasías, música, danza, opio y vino (...) Sólo el pálpito al unísono del sexo y el corazón puede producir el éxtasis” En los cuentos que hacen parte de “Delta de Venus” apreciamos el éxtasis y algunas sensaciones hacen parte del erotismo, nos describa sonrisas, la exótica flor, el hombre que busca ornamentos retóricos que lo hagan merecedor de vientres, pechos, carne, móvil y materia elástica para saciarse. Anaïs nos regala una última conclusión en donde dice que las mujeres nunca han separado el sexo del sentimiento, del amor al hombre como un todo. George Bataille y el Erotismo En el famoso libro “El erotismo” de George Bataille, se inicia con el descubrimiento de aquello que suponemos por erotismo. Uno de sus primeros argumentos es que el hombre sí puede superar lo que le espanta, mirándolo de frente. El erotismo es para él, una experiencia vinculada a la vida; no como objeto de una ciencia, sino como objeto de la pasión. Para ser exactos, de una contemplación poética. Bataille, nos adecua en una aceptación en donde es posible una prolongación de la vida hasta la muerte y en el intermedio ubica al cristianismo. De allí, que surja el dolor, sufrimiento y placer, como elementos necesarios en el erotismo. Esta mezcla de sensaciones, se entrelazan en la actividad sexual y el juego. Como en todo juego, aquí también existen las reglas, que en palabras de Bataille, estaría representado por el poder. El erotismo no está exento de querer buscar una posesión del objeto de su pasión. Ambos buscan prolongación… la muerte: “No hay medio para familiarizarse con la muerte que aliarla a una idea libertina” Es por esto, que la muerte no es cese, sino una búsqueda en el camino de la libertad de los cuerpos, en la misiva constante del lenguaje. En un repentino desgarre de poseído. Si el erotismo abre a la muerte, entonces debemos aceptarla como la continuidad de nuestro ser, o mejor, como una eternización de nuestros sentidos. Somos seres de elección. El mismo deseo es una búsqueda tangible hacia la preferencia subjetiva. Nos distinguimos de la sexualidad animal, precisamente porque el erotismo del hombre moviliza la vida interior, y la vuelve menos rudimentaria. En pocas palabras dejamos de ser animales para convertirnos en seres de origen y creación. Ahora bien, la región cobra vida, cuando hablamos de descubrimientos y vida interior. Este juega un papel importante para Battaille, ya que asegura que tanto la religión como el erotismo modifican el contacto con el mundo. Lo mejor, para él, es olvidar las experiencias y ver todos nuestros actos desde afuera. Cuando se pierde la razón, entramos al plano de la sexualidad. Aquí aparece la pregunta final: ¿Debe el erotismo concluir en la sexualidad física? Bataille afirma que la sexualidad es al erotismo lo que el cerebro es al pensamiento La dualidad aparece cuando se compara con la vulgaridad y la pesadez, elementos que vencen el frenesí. El erotismo termina en el sexo, porque la belleza siempre desea ser profanada por el objeto del deseo. El ser humano siempre está dispuesto a saborear y a trasgredir: “Toda actuación del erotismo tiene como fin alcanzar al ser en lo más íntimo, en el punto en el que el ánimo falta” ¿Por qué nos olvidamos del erotismo? Es como si tomáramos una hoja de papel y aparecieran espacios, sabores, amores inconclusos, final feliz. Pero olvidamos el encuentro consigo mismo, se nos olvida que el tacto te libera. ¿Será que en Latinoamérica pocos son los lectores de este tipo de literatura?, ¿Preferimos lo social antes que el sentido de mis dedos, preferimos vernos reflejados en la historia de nuestro tiempo antes que el roce de la oreja con el labio que se emblandece?
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