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Úntate cada pezón con miel y baja el mentón, la lengua, saben dulces, toca circularmente cada punta morada, agrietada o lisa y luego acaricia el vientre, el ombligo, haz cine o literatura con la mente pero no olvides los pezones, la miel, el dedo circular hazlo frente al televisor mientras te ríes y te humillas: mastúrbate, abandona, cuida el clítoris como a la piel de un niño, escucha el viento que suena detrás de la ventana cerrada, guarda tu jugo a escondidas del mundo y mastúrbate, que tus piernas comiencen a abrirse y cerrarse que tu murmullo sea un gemido ronco, grito agudo en el aire, en el hueco que pide penetración, contacto, habla despacio hazlo en silencio pero gime aúlla murmura aunque sea el goce el rozarse de tu pelo en la almohada en la alfombra en la nuca, mastúrbate, hasta que las rodillas tiemblen, hasta que caigan lágrimas y suene esta vez no un viento sino un timbre y otro, regular campanilla, recién entonces dilátate como en el parto, húmeda, tu vagina, el tubo que sigue llamando, levántalo, bájalo, introdúcelo, y escucha ahora su voz lejana, ajena, y cierra tus ojos, su boca tan adentro.
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